lunes 30 de noviembre de 2009
Nada qué decir.
viernes 27 de noviembre de 2009
lunes 23 de noviembre de 2009
Del extraño arte de cohabitar
Después me voy a dar una vuelta al malecón o al mar. Regreso antes de las tres para bañarme y limpiar el departamento porque sé que para Memo es importante.
Llega a las tres y media y me regaña por tener el aire acondicionado encendido. Dice que la CFE retira el subsidio en la ciudad una vez que ha iniciado el otoño, por lo que el recibo de la luz puede resultar muy encarecido. Luego me platica de su día de una manera que más que plática parece queja. Me cuenta de pacientes nuevos, de otros terapeutas, del terapeuta anestesiólogo que se volvió adicto a la anestesia y ahora forma parte de la lista de pacientes en recuperación... Se quita la camisa y su pantalón sastre mientras me cuenta, para finalmente quedarse en chanclas y en short. Yo le cuento de la tesis como una madre que le cuenta a su marido del mal comportamiento de sus hijos. Él está demasiado fastidiado como para prestarme atención y sólo atina a decir algo como "ah, qué caray".
Comemos. Luego dormimos. Después saimos a pasear un rato: a caminar por el malecón, comer elotes con queso, ver el atardecer que ocurre siendo apenas las cinco y media. Luego pasamos por un Oxxo y nos abastecemos de provisiones enlatadas que comparten su nombre con el del océano Pacífico. Una vez en la casa, él decide que no puede beber porque en su trabajo suelen hacer antidopping sorpresa a los empleados y el que dé positivo es obligado a vaciar su oficina dentro de una caja de cartón y a salir para no volver más.
Entonces me pide que le planche una camisa y un pantalón. Lo haría. De verdad lo haría si no le tuviera pavor a la plancha. Un día se me cayó una sobre el brazo cuando era niña. Ahora tengo una cicatriz en el hombro en forma de triángulo con bolitas. Me da miedo planchar y además, ¿para qué negarlo? soy una inútil.
Se va al cuarto hablando entre dientes y yo me quedo yo en la sala tomando cerveza y comiendo chatarra dándole forma al documento que se supone me trajo hasta aquí. Memo asoma la nariz desde el cuarto y me dice que no deje mis cosas regadas. Él es un fanático de orden y yo lo soy de dejar las cosas justo en el lugar donde las desocupo. Cuando parece que se ha dormido lo escucho maldecir porque el piso está lleno de arena. Juro que barrí; aunque guardo silencio. Cuando el piso está lleno de arena, los juramentos no sirven de nada.
"¡Y la cama también!" dice ya sin contenerse. Yo sólo espero a que se duerma y me programo para nunca jamás volver a destender mi toalla sobre la cama.
Mi día termina a las dos de la mañana cuando decido que el féisbuc me ha robado toda la productividad de la que alguna vez pude ser objeto mientras que mi tesis tiene apenas dos o tres renglones más, que parecen haberse formado a través de una ardua labor similar a la del parto. Entro al cuarto con Memo y descubro que está cubierto hasta las orejas, medio temblando de frío y con el aire acondicionado encendido. Sabe que yo no duermo bien cuando tengo calor.
Cuando recién llegué, Memo insistía en que me quedara con él y tuviéramos una bonita vida promedio: trabajando los dos para pagar el alquiler compartiéndonos la vida, riéndonos frente al televisor mientras nos llenamos la boca de palomitas y declaramos al mundo: "vivo con mi mejor amigo y me la paso chidísimo".
Pero ese tema ya no se ha tocado en los últimos días.
Porque estoy condenada a perder el encanto después de las primeras 72 horas. Y por ello, las preguntas del día:
¿Cómo logran los estudiantes universitarios volverse amigos entrañables de sus compañeros de cuarto?
¿Cómo logran las parejas que cohabitan sobreponerse a las desavenencias de la rutina, los recibos altos de la CFE y la terrible manía de su pareja por dejar regados sus arentes, lentes, cartera y demás artículos por toda la casa?
¿En qué momento nos parece más simpática la otra persona cuando duerme que cuando está despierta?
¿Cómo
se hace para
no convertirse
en calabaza
ante los ojos del otro?
jueves 19 de noviembre de 2009
Aprendizajes paternales no desechables
Las puertas no se azotan, los refrescos son para los invitados, las camas se tienden cada mañana sin pretexto, no debe uno levantarse de la cama después de las diez de la mañana, los calcetines se usan sólo una vez antes de enviarse a la lavadora, no se entra a un cuarto con la puerta cerrada, no se debe tomar uno la última porción de un alimento o bebida contenida en el refrigerador sin antes preguntar si alguien más la quiere, nunca se paga con un billete si se tienen monedas suficientes y mil otras enseñanzas de la vida me fueron instauradas casi con métodos de inteligencia militar.
Él me dijo: "cámbiate los zapatos: tus papás no están aquí". Cuando sentí la comodidad de mis nuevos tenis en mis doloridos y accidentados pies, me di cuenta de que tales procesos fielmente aprendidos sólo merman la posibilidad de que resuelva las grandes problemáticas de mi vida de maneras simples. Lo peor es que creo que se las heredaré a mis hijos.
jueves 12 de noviembre de 2009
Carterito, carterito.
A los carteros nadie los espera con ansia como a los bomberos, los policías, las visitas desaparecidas y los mariachis que llevan serenata, que son quienes al final se llevan el reconocimiento social, a pesar de que ningún perro los muerde y no pasan la vida bajo el sol peregrinando de casa en casa.
martes 3 de noviembre de 2009
Guía de turistas
En resumen: no hay muchos lugares para visitar en una ciudad pequeña y tampoco hay sustantivo que complete una frase como "no puedes venir a Irapuato sin probar-comprar-llevar-visitar los...", por lo que quedo imposibilitada para ofrecer un servicio turístico de buena calidad.
De tal modo que he decidido cuando alguien venga a visitar mi ciudad, le mostraré todos los moteles de paso que hay en este municipio. A eso me ha orillado el consejo turístico de este ayuntamiento.
¿Y ustedes, qué tan buenas guías turísticas son?
martes 27 de octubre de 2009
Dramma queen.
Imagínome la escena: mi amiga vertiendo sus atribulados sentimientos en un correo electrónico para pedir al destinatario que no vuelva a buscarla, bajo el entendido de que ello significará perder cualquier contacto con él de manera definitiva; mientras que el tipo en cuestión lee a medias el correo, considera que contiene puras boberías, llama a mi amiga y le dice: "Ándale, ya. No seas dramática, vamos al cine" ignorando cualquier petición expresada en la ya mencionada misiva.En alguna ocasión, como mi amiga, también estuve frente a un monitor tecleando un texto similar mientras en mi cabeza se proyectaba una terriblísima historieta de cómo sería mi vida sin la persona que recibiría el correo. Dicha escena dio por resultado una noche de muchos mocos sorbidos, lágrimas y autojuramentos de tipo "no me vuelvo a enamorar totalmente ¿para qué?" de modo que le habría roto la nariz -o al menos lo habría intentado, ya que están comprobados mis pocos dotes karatekas y de autodefensa- a quien hubiera sugerido dramatismo innecesario de mi parte.
Mi hermana tuvo un novio, quien una vez que la relación terminó le escribió una larga carta -cuando el papel aún se empleaba para esos fines- que terminaba en un dramático "¡quisiera tragarme una bala!". Ella y yo aún reímos de lo que nosotras consideramos una fantochada por parte del tipo, y esperamos sinceramente que él también lo haga ahora que han pasado más de diez años de aquella vergonozosa predicción no cumplida.
En verdad no podemos culpar a nadie por hacer un drama de un evento que podría sobrellevarse de otra manera, pues para quienes hacemos drama nos parece una opción viable aunque nos arrepintamos después.
Opino que para evitar llamadas irritantes del tipo: "no seas dramática. Ándale: vamos al cine" la practicidad debería ser una propiedad universal del ser humano y no un don de algunos cuantos.
Pero como es bien sabido el carácter poco universal de los grandes atributos humanos, entonces a aquéllos que carecemos de dicha practicidad no nos queda más que recurrir a los amables servicios del drama aunque después nuestras trágicos argumentos tragabalas sirvan para hacer reír a los comensales durante una plática de sobremesa.
sábado 17 de octubre de 2009
Hábitos inteligentes
viernes 16 de octubre de 2009
Viernes gay
Post por acá.
viernes 9 de octubre de 2009
Cuando el orgullo es el mejor recurso
sábado 3 de octubre de 2009
Suerte.
jueves 24 de septiembre de 2009
Instructivos
Los instructivos son enemigos de la gente con prisa, la gente impaciente y la gente incapaz de seguir una indicación.
Todos menos yo.
sábado 19 de septiembre de 2009
24 bien cumplidos
menos cuates y más amigos. A mis veinticuatro les pertenece una casa rentada cuyo alquiler es directamente proporcional al esfuerzo invertido en mi burocrático trabajo bienpagado que no paga, mismo que me hace sentir conforme cada vez que, a pesar de todo, logro pagarlo. Les pertenece un par de amistades bien sólidas. Les pertenece un hombre al que quiero y con el que quiero estar. Mis veinticuatro son propietarios de algunos nombres en mi agenda telefónica que se tomaron la molestia de enviar un mensajito festivo para acompañarme en mi regocijo cumpleañero, así como de unos cuantos contactos de la provincia feisbuqueana que me arrebataron una sonrisa con sus mensajes. Les pertenece una familia medio rota y descosida pero a la que quiero por sobre todas las cosas, incluida la CocaCola (y decir eso, es mucho). A mis veinticuatro les pertenezco yo. viernes 18 de septiembre de 2009
2x12=
viernes 11 de septiembre de 2009
Memoria
miércoles 9 de septiembre de 2009
El hombre que yo amo
Yo amo a mi hermano mayor.
jueves 3 de septiembre de 2009
Yoyo
Es un hecho que no se puede culpar a las personas por tener una vida afortunada y querer compartirla con el mundo. No puedo culpar a mi amiga por querer contarme cada uno de sus logros y sus autoalabanzas, sólo porque los míos en los últimos dos años han sido tan raquíticos como "ya casi termino mi tratamiento de ortodoncia y me están quedando unos dientes re-chu-los", "increíblemente y contra todo pronóstico terminé de pagarle a Santander sin ser privada de mi libertad","tuve que hacerle hoyos extras a todos mis cinturones porque ahora los pantalones se me caen" o "dejé Telcel por un trabajo mejor donde no me pagan".
lunes 31 de agosto de 2009
Grandes traiciones del T9
lunes 24 de agosto de 2009
De mis incongruencias
martes 18 de agosto de 2009
De mis intentos por comprar zapatos sin perder la cordura en el intento
El calvario comenzó cuando al entrar a la zapatería y fijar mi vista a través del sucísimo vidrio que debería verse transparente, me encontré con unos zapatos rosados de tacón. Sabía que tenía que comprarme unos zapatos negros de piso, pero no pude sino salivar como perro pavloviano ante aquellos bonitos y altísimos zapatos rosas, con los que seguro no podría ni caminar diez metros, pero que valdrían la pena por tenerlos en mis pies por capricho puro. Pensé en cuántas cosas hacemos en la vida por capricho. Recordé aquellos zapatos amarillos míos cuyo tacón fungía como asesino silencioso en aceras y pavimentos imperfectos, pero con los que cierto hombre parecía enloquecer al verlos puestos en mis pies. Caprichos y complacencias. Si conociéramos la cifra exacta de cuántas cosas hacemos por capricho o complacencia ajena ¿estaríamos tranquilos con el resultado?
Sin embargo, en un acto de sensatez me abstuve de seguir idolatrando a aquellos zapatos rosados. No obstante, poco pareció importarles, pues con seguridad sabían que en poco tiempo estarían siendo idolatrados por alguien más. Quizá alguien con más suerte: Alguien acompañado de un novio complaciente o alguien con una tarjeta de crédito y no de débito en la cartera, que pudiera comprarlos y no sólo admirarlos. Pienso que debe ser muy halagador y reconfortante saber que donde quiera que nos situemos, encontraremos quién nos aprecie. Esa seguridad debería ser un derecho constitucional.
De espaldas al aparador busqué con la mirada a alguna dependienta que estuviera disponible para atenderme. No había reparado en que la tienda estaba llena de niños en calcetines debido al próximo regreso a clases. Siempre he creído que el regreso a clases es un desfalco para los papás peor que los reyes magos o el magistral Santa Claus. Sin embargo, aborrezco el regreso a clases porque que además de que provoca que los padres gasten un dineral en artilugios requeridos para enviar a sus vástagos de vuelta al colegio, ocasiona que las zapaterías se llenen de gente, las dependientas enloquezcan y las mujeres que sólo queremos un par de zapatillas perdamos los estribos al intentar llamar la atención de las ya mencionadas dependientas, pues la idea de encontrar a una disponible se vuelve casi utópica. Ya ni hablar sobre una dependienta amable. Aun así, tuve tiempo para recordar con gusto lo bien que se sentía cuando mis papás avisaban que el día de comprar zapatos había llegado. Por fortuna uno crece y esos placeres puede costearlos uno mismo.
Sin embargo, como no hay mayor placer que tragarnos nuestras propias palabras encontré a una dependienta cuya expresión en la cara, a diferencia de las de sus compañeras, no parecía ser la de una mujer atrapada en un noveno piso durante un incendio. Al contario: Sonreía amablemente. Así que le pedí que me mostrara los zapatos en talla cinco. Anotó en su libretita un par de datos con la misma destreza que un taquero que anota varitas semirrígidas que serán catafixiadas por tacos y quesadillas más delante. Siempre he pensado que si un día logro viajar a otro país, o en su defecto termino exiliada como Porfirio Díaz o vendida como esclava a una nación nórdica, lo que más extrañaría de mi tierra serían los tacos.
Busqué a la dependienta amable y distraída para hacerle señas con la mano e indicarle que me llevaría los zapatos. Gracias a Dios que los humanos nos podemos entender con gestos, manipulaciones faciales o expresiones manuales, porque de otra manera habría tenido que gritarle: "¡Síiiiii, me los das por favoooooooor!" desde mi lugar. Jamás he sido buena para eso. Más de una vez he terminado bajándome del autobús público tres o cuatro cuadras después de mi destino sólo porque me incomoda mucho gritar: "¡Bajan!" desde el fondo del autobús.
Sin embargo, Dios me sonrió desde lo alto haciendo que la fila avanzara pronto. De este modo, llegué al mostrador, pagué por mis zapatos y me los entregaron.
a de la zapatería me felicité sinceramente por haber culminado con éxito la operación. Y no es para menos: La simple compra de un producto se ha vuelto para mí un verdadero laberinto mental que da por resultado una lucha contra mis insensatos y despilfarradores deseos, una breve introspección con tintes de glotonería, un constante recuerdo de la infancia que se fue y no volverá, el inexorable recordatorio de mis deudas así como el de mis incapacidades y mis debilidades, y por último, un post larguísimo -el más largo escrito mi vida- y estéril como la misma intención de comprar zapatos a lo tarugo. 

