lunes 30 de noviembre de 2009

Nada qué decir.

Escribir entradas se ha vuelto una labor difícil para mí. Casi tanto como un alumbramiento. Tengo amontonadas como cien entradas que se han quedado en calidad de conato, 'casi un post', 'para publicar el día que las termine', o similares. Por ende, este blog ha resentido las dificultades por las que el equipo de obstetricia y neonatología de mi cabeza ha atravesado.

De tal modo, esta entrada sólo es un escrito desesperado, suplicante por algo de inspiración. Gezeta decía que 'siempre hay de qué postear', y como le dije a él, le digo a ustedes: no es cierto.
Al menos, no algo digno de ser posteado. Para ello se requiere inspiración y es algo que ya no tengo. La poca que tengo está impregnada en mis publicaciones en féisbuc. Es que es mucho más cómodo. Son breves, son concisas, son más personales, y buscan menos aprobación que un post. (Y aclaro: con aprobación no me refiero a que todos piensen igual que yo y me den la razón, sino que aun en desacuerdo con la idea, se sientan complacidos con el formato, la métrica o el esquema sintáctico de la entrada; cosa que no ocurre con las publicaciones del feis porque son más jocosas, menos serias y más concretas).
No obstante, me niego a cerrar mi blog. Ya una vez terminé con uno porque me quedé sin empleo, y por ende, sin acceso a los grandes placeres de la vida que no penden naturalmente de un árbol, entre ellos: el internet.
En otra ocasión -hace casi un año- cerré el anterior porque en mis desesperados intentos por terminar por décimoquinta ocasión una relación, se incluía la opción de: "no sólo termine con el contacto físico, social, emocional y sexual con su pareja, sino también con el virtual y quizá esta vez sí sea la vencida". Obviamente no lo fue -si la tercera no fue la vencida, la décimoquinta no tiene ningún don especial para serlo- y después me arrepentí cuando las palabras se acumularon en mi cabeza y no hubo dónde verterlas.
Por eso, queridos trece lectores, me niego a cerrar mi blog. Porque estoy segura que diez punto dos segundos después de que haya oprimido en anaranjado botón que contesta afirmativamente a la pregunta de: "¿Está segurisísimo de que quiere cerrar su blog? ¿Seguro? ¿Segurísimo? ¿Segurisimisimísimo?" estaré arrepentida de haberlo asesinado.
Por ello: esta entrada. No tengo nada qué decir. Pero estoy segura de que en poco tiempo tendré la cabeza inundada de ideas enredadas que necesiten ser escupidas.
Entonces estaré aquí otra vez.

viernes 27 de noviembre de 2009















Regresé de donde andaba.
...pero con ganas de haberme perdido en el intento.

lunes 23 de noviembre de 2009

Del extraño arte de cohabitar

Memo ha sido mi esposo toda la semana.
Todos los días comienza su rutina escuchando a Pandora a un volumen tan alto como si quisiera compartirlo con los demás departamentos. Me dan ganas de expresar un molestísimo: "¡Shhhhhhhh!" pero me contengo. Se va a trabajar temprano y se despide con un beso. Aunque estoy despierta decido levantarme media hora después de que él se ha ido. Desayuno.

Después me voy a dar una vuelta al malecón o al mar. Regreso antes de las tres para bañarme y limpiar el departamento porque sé que para Memo es importante.

Llega a las tres y media y me regaña por tener el aire acondicionado encendido. Dice que la CFE retira el subsidio en la ciudad una vez que ha iniciado el otoño, por lo que el recibo de la luz puede resultar muy encarecido. Luego me platica de su día de una manera que más que plática parece queja. Me cuenta de pacientes nuevos, de otros terapeutas, del terapeuta anestesiólogo que se volvió adicto a la anestesia y ahora forma parte de la lista de pacientes en recuperación... Se quita la camisa y su pantalón sastre mientras me cuenta, para finalmente quedarse en chanclas y en short. Yo le cuento de la tesis como una madre que le cuenta a su marido del mal comportamiento de sus hijos. Él está demasiado fastidiado como para prestarme atención y sólo atina a decir algo como "ah, qué caray".


Comemos. Luego dormimos. Después saimos a pasear un rato: a caminar por el malecón, comer elotes con queso, ver el atardecer que ocurre siendo apenas las cinco y media. Luego pasamos por un Oxxo y nos abastecemos de provisiones enlatadas que comparten su nombre con el del océano Pacífico. Una vez en la casa, él decide que no puede beber porque en su trabajo suelen hacer antidopping sorpresa a los empleados y el que dé positivo es obligado a vaciar su oficina dentro de una caja de cartón y a salir para no volver más.

Entonces me pide que le planche una camisa y un pantalón. Lo haría. De verdad lo haría si no le tuviera pavor a la plancha. Un día se me cayó una sobre el brazo cuando era niña. Ahora tengo una cicatriz en el hombro en forma de triángulo con bolitas. Me da miedo planchar y además, ¿para qué negarlo? soy una inútil.

Se va al cuarto hablando entre dientes y yo me quedo yo en la sala tomando cerveza y comiendo chatarra dándole forma al documento que se supone me trajo hasta aquí. Memo asoma la nariz desde el cuarto y me dice que no deje mis cosas regadas. Él es un fanático de orden y yo lo soy de dejar las cosas justo en el lugar donde las desocupo. Cuando parece que se ha dormido lo escucho maldecir porque el piso está lleno de arena. Juro que barrí; aunque guardo silencio. Cuando el piso está lleno de arena, los juramentos no sirven de nada.
"¡Y la cama también!" dice ya sin contenerse. Yo sólo espero a que se duerma y me programo para nunca jamás volver a destender mi toalla sobre la cama.

Mi día termina a las dos de la mañana cuando decido que el féisbuc me ha robado toda la productividad de la que alguna vez pude ser objeto mientras que mi tesis tiene apenas dos o tres renglones más, que parecen haberse formado a través de una ardua labor similar a la del parto. Entro al cuarto con Memo y descubro que está cubierto hasta las orejas, medio temblando de frío y con el aire acondicionado encendido. Sabe que yo no duermo bien cuando tengo calor.

Cuando recién llegué, Memo insistía en que me quedara con él y tuviéramos una bonita vida promedio: trabajando los dos para pagar el alquiler compartiéndonos la vida, riéndonos frente al televisor mientras nos llenamos la boca de palomitas y declaramos al mundo: "vivo con mi mejor amigo y me la paso chidísimo".

Pero ese tema ya no se ha tocado en los últimos días.

Porque estoy condenada a perder el encanto después de las primeras 72 horas. Y por ello, las preguntas del día:
¿Cómo logran los estudiantes universitarios volverse amigos entrañables de sus compañeros de cuarto?
¿Cómo logran las parejas que cohabitan sobreponerse a las desavenencias de la rutina, los recibos altos de la CFE y la terrible manía de su pareja por dejar regados sus arentes, lentes, cartera y demás artículos por toda la casa?
¿En qué momento nos parece más simpática la otra persona cuando duerme que cuando está despierta?


¿Cómo
se hace para
no convertirse
en calabaza
ante los ojos del otro?

jueves 19 de noviembre de 2009

Aprendizajes paternales no desechables

Ayer caminaba de manera atropellada y muy accidentada por las aceras del centro de Guadalajara. Mis hermosos zapatos altos de ante se vieron ultrajados más de una vez por la imperfección de la superficie de las mencionadas banquetas, así que resolví comprarme unos tenis Panam en una tienda que los ofertaba.

Sin embargo al salir de la tienda, a pesar de mi imperioso deseo por usar mis tenis nuevos y darles un reposo a mis glamurosas zapatillas no diseñadas para uso urbano rudo, no pude estrenarlos porque no llevaba calcetines.

Aquél me miró con extrañeza por mi igualmente extraña decisión. Pero no podía hacer otra cosa: mis papás me enseñaron que los tenis nunca deben usarse sin calcetines. Jamás.

Si en alguna mañana mis chanclas no se encontraron próximas a mi cama por lo que decidí usar, provisionalmente, un par de tenis para bajar a desayunar con mis pies desnudos dentro de ellos; merecí un regaño. Algún discurso que rezaba que los tenis no son chanclas y por ende, no deben usarse sin calcetines.
De igual modo, jamás deben usarse sin que sus agujetas sean amarradas y tampoco deben estar sucios.

Predicaciones como éstas aún me resultan casi imposibles de violar. Considero que mi proceso de emancipación como hija de familia ha resultado medianamente satisfactorio; sin embargo ayer me di cuenta de que aún no he erradicado completamente todas esas filosofías inútiles o no que heredé de mis papás, a quienes siempre percibí como un par de figuras cuya autoridad era infranqueable.

Las puertas no se azotan, los refrescos son para los invitados, las camas se tienden cada mañana sin pretexto, no debe uno levantarse de la cama después de las diez de la mañana, los calcetines se usan sólo una vez antes de enviarse a la lavadora, no se entra a un cuarto con la puerta cerrada, no se debe tomar uno la última porción de un alimento o bebida contenida en el refrigerador sin antes preguntar si alguien más la quiere, nunca se paga con un billete si se tienen monedas suficientes y mil otras enseñanzas de la vida me fueron instauradas casi con métodos de inteligencia militar.

Él me dijo: "cámbiate los zapatos: tus papás no están aquí". Cuando sentí la comodidad de mis nuevos tenis en mis doloridos y accidentados pies, me di cuenta de que tales procesos fielmente aprendidos sólo merman la posibilidad de que resuelva las grandes problemáticas de mi vida de maneras simples. Lo peor es que creo que se las heredaré a mis hijos.

Y la lista empieza con la regla número uno: los tenis jamás se usan sin calcetines.

jueves 12 de noviembre de 2009

Carterito, carterito.

Hoy es día del cartero según recuerdo. Me gustaría poder felicitar a los carteros del mundo de no ser porque su oficio es empleado para las puras malas nuevas, y ello no merece una felicitación.

Cartas de amor o de amistad, invitaciones a una fiesta, mensajes de admiración anónima, postales navideñas, notificaciones de amables eventos como la llegada de un nuevo heredero a la familia, fotografías de las últimas vacaciones y más, no son misivas que requieran el servicio de un cartero. Los correos electrónicos y los mensajes de celular se han encargado de simplificar el proceso a través de un par de clics de manera que el destinatario recibe su mensaje en menos de dos segundos, por lo que mirar por la cornisa de una ventana en espera del cartero y sus buenas noticias por escrito ya no es una escena común de esta civilización.

Los carteros ahora son empleados para transmitir las pestes de la humanidad. Y es que díganme si los cobros no lo son. Las transportan en sus modestas bicicletas hasta la puerta de nuestro hogar, para después hacer uso de su muy particular silbato y finalmente entregarlas al destinatario que se convertirá entonces, en el infeliz propietario de un nuevo cobro.
Los sobres que entregan los carteros de ahora no son abiertos con inquietud, no merecen un suspiro de alivio, no son recibidos con una sonrisa, no responden a una enamoradiza expectativa y tampoco dan motivos a nadie para pensar que el mundo es menos malo de lo que parece.

A los carteros nadie los espera con ansia como a los bomberos, los policías, las visitas desaparecidas y los mariachis que llevan serenata, que son quienes al final se llevan el reconocimiento social, a pesar de que ningún perro los muerde y no pasan la vida bajo el sol peregrinando de casa en casa.
Los carteros tienen una labor terrible, terriblísima de la cual deberían ser liberados ya, pues además, debe generarles un karma exorbitante. Y cómo no, eso de repartir la desgracia en todo el mundo no puede ser de otra manera.
Por eso, digo yo que no hay héroe qué festejar el día de hoy.

martes 3 de noviembre de 2009

Guía de turistas

Que un amigo, conocido, familiar o cybercontacto establecido en un lugar medianamente lejano, anuncie su próxima visita a mi ciudad me resulta verdaderamente preocupante, pues estoy segura de que querrán que los lleve a conocer los lugares representantivos o de mayor afluencia turística de mi ciudad, y eso me produce más insomnio que que el paquete económico de 2010.

Resulta que a la pregunta de: "¿y qué es lo típico de tu ciudad?" o "¿cuáles son los principales atractivos turísticos de aquí?" nunca sé qué contestar. El gentilicio fresero no ayuda mucho, ya que la producción de fresas en este lugar se ha convertido en un bonito recuerdo y nada más. Lo único que queda de la tradición fresera es una tienda de dos pisos que vende fresas cristalizadas, con chocolate o con crema batida, adornos de madera, destapadores, plumas, llaveros, lapiceras y miles de cajitas inservibles con forma de fresa. Pero eso no cuenta como un atractivo turístico.
Por otra parte, tenemos un estadio donde se jugaron tres partidos de la Copa Mundial de Futbol de 1986. Pero eso tampoco es un atractivo ya. Estadios tienen casi todas las ciudades y sólo sirven para obtener una fotografía con éste de espaldas y no para pasar toda la tarde allí.

Zoológico hay uno con seis jaulas. Una está vacía y dos fungen como vertedero de basura sin rastro de ningún animal -salvo las moscas-. Una más, tiene un tigre enfermo, viejo y creo que también ciego que no resulta atractivo para nadie porque parece estar muerto -o quizá lo esté-. La quinta jaula, con una extensión aproximada de dos metros por uno y medio, parece albergar un par de osos aunque no podría garantizarlo ya que generalmente están echados unos sobre otros sin distinguirse sus figuras, mientras que la ficha técnica que podría darnos una explicación está desgastada, raída y grafiteada por algunos pandilleros amateur. La última jaula tiene un camello que luce verdaderamente mal. Creo que la administración del zoológico se tomó muy en serio eso de que los camellos no consumen agua con frecuencia, pues la pila de agua de donde este animal debería beber siempre está seca. No lo culpo de no tener ganas ni siquiera de escupirle a los visitantes.
Por último, el zoológico tiene un estanque de patos que tampoco resulta un atracivo ya que huele mal y además, debido a que el dengue en estos días atemoriza a todo mundo, remar en un estanque de agua verde y pestilente no resulta una actividad turística de confianza.

Plazas comerciales hay una pero no es mejor que las de las grandes ciudades. El centro histórico tiene templos bonitos pero no sé ni los nombres ni las historias de cada uno. Hay una fuente donada por Maximiliano de Habsburgo pero no estoy segura si es una que tiene una forma abstracta incomprensible u otra que tiene forma de almeja a medio abrir, así que para no errar, mejor evito el dato turístico a mi invitado. Las fuentes danzarinas mojan más de lo que entretienen así que es normal que los invitados no quieran presenciar su espectáculo. Antros, bares y cafés para pasar la tarde hay los mismos que en cualquier otra urbe del país. Italian Coffee y Starbucks no son novedad para nadie.

En resumen: no hay muchos lugares para visitar en una ciudad pequeña y tampoco hay sustantivo que complete una frase como "no puedes venir a Irapuato sin probar-comprar-llevar-visitar los...", por lo que quedo imposibilitada para ofrecer un servicio turístico de buena calidad.

De tal modo que he decidido cuando alguien venga a visitar mi ciudad, le mostraré todos los moteles de paso que hay en este municipio. A eso me ha orillado el consejo turístico de este ayuntamiento.

¿Y ustedes, qué tan buenas guías turísticas son?

martes 27 de octubre de 2009

Dramma queen.

Imagínome la escena: mi amiga vertiendo sus atribulados sentimientos en un correo electrónico para pedir al destinatario que no vuelva a buscarla, bajo el entendido de que ello significará perder cualquier contacto con él de manera definitiva; mientras que el tipo en cuestión lee a medias el correo, considera que contiene puras boberías, llama a mi amiga y le dice: "Ándale, ya. No seas dramática, vamos al cine" ignorando cualquier petición expresada en la ya mencionada misiva.

En alguna ocasión, como mi amiga, también estuve frente a un monitor tecleando un texto similar mientras en mi cabeza se proyectaba una terriblísima historieta de cómo sería mi vida sin la persona que recibiría el correo. Dicha escena dio por resultado una noche de muchos mocos sorbidos, lágrimas y autojuramentos de tipo "no me vuelvo a enamorar totalmente ¿para qué?" de modo que le habría roto la nariz -o al menos lo habría intentado, ya que están comprobados mis pocos dotes karatekas y de autodefensa- a quien hubiera sugerido dramatismo innecesario de mi parte.


Es que, el hecho de que le digan a uno que es un dramático representa una verdadera agresión. Es como escupirle a nuestros genuinos sentimientos (y al decir 'escupirle' no estoy siendo dramática) y malbaratarlos bajo la consigna de que somos unos exagerados incapaces de dimensionar la situación adecuadamente.


Sin embargo, creo que la mayoría de las veces quien nos juzga de dramáticos, tiene razón. Cualquier reacción melosa, lloricosa, furiosa o poéticamente abrumadora ante una desaveniencia de la vida merece ser juzgada como dramática. Y no es que quien la viva de esa manera, lo haga intencionalmente -aunque sabemos que sí hay casos, pues- sino que los sentimientos experimentados son genuinos, aunque la manera de externarlos causen un poco de gracia o aversión a quien los presencia.

Mi hermana tuvo un novio, quien una vez que la relación terminó le escribió una larga carta -cuando el papel aún se empleaba para esos fines- que terminaba en un dramático "¡quisiera tragarme una bala!". Ella y yo aún reímos de lo que nosotras consideramos una fantochada por parte del tipo, y esperamos sinceramente que él también lo haga ahora que han pasado más de diez años de aquella vergonozosa predicción no cumplida.

En verdad no podemos culpar a nadie por hacer un drama de un evento que podría sobrellevarse de otra manera, pues para quienes hacemos drama nos parece una opción viable aunque nos arrepintamos después.
Opino que para evitar llamadas irritantes del tipo: "no seas dramática. Ándale: vamos al cine" la practicidad debería ser una propiedad universal del ser humano y no un don de algunos cuantos.

Pero como es bien sabido el carácter poco universal de los grandes atributos humanos, entonces a aquéllos que carecemos de dicha practicidad no nos queda más que recurrir a los amables servicios del drama aunque después nuestras trágicos argumentos tragabalas sirvan para hacer reír a los comensales durante una plática de sobremesa.

sábado 17 de octubre de 2009

Hábitos inteligentes

Hoy le platicaba a Rosy lo inconforme que me tenía que en la nueva versión televisiva de "Corazón Salvaje", novela de Caridad Bravo Adams, la protagonista se llamara Regina y no Mónica, como en el libro.

Sin prestar atención a la esencia de mi queja, me miró con desconcierto para luego preguntar con cierto dejo de asombro en su voz: "¿Tú ves novelas?" mencionando luego que no le parecía yo, 'el tipo de persona que ve telenovelas'.

Las razones por las que no le parezco 'el tipo de persona que ve telenovelas' incluye dos variables: la primera que me concierne a mí únicamente por los halagos mal fundados que hizo llegar a mi persona, y la segunda, pública, relacionada con el hecho de que las novelas sólo deben ser vistas por mujeres estúpidas con el cerebro moribundo e incapaz de discernir entre la realidad y la ficción, mujeres tontas que creen en los epílogos de tipo 'y vivieron felices para toda la vida' y mujeres imbéciles que sueñan con tener una vida similar a la de la protagonista de la historia que cada noche ven.
Ésta no es la primera vez que alguien se sorprende porque tengo yo, lo que considera un 'pésimo hábito'. Ya alguna vez he escuchado a alguien decir que las telenovelas están hechas para mujeres tontas, o que las mujeres inteligentes no 'pierden su tiempo' viendo novelas. En resumen, muchas personas concuerdan con que ver novelas es un hábito estúpido.

Pues bien, bajo ese esquema, la mariguana sí es entonces un hábito estúpido porque necesitarías ser muy imbécil para causarte el comprobado daño neurológico que ocasiona fumarla, pero nadie piensa que lo sea porque eso sería estar en contra de las formas libres de explorar nuestras capacidades mentales.
Yo he fumado mota desde hace un par de años, y he visto novelas desde los cinco (si es que 'Carrusel de Niños' cuenta como novela) y he recibido más críticas por mi segunda inclinación que por la primera.
Opino que no hay hábitos que denoten nuestra superioridad o inferioridad intelectual.
La verdad, me da un poco de risa -y algo de lástima- la gente que cree que suscribiéndose a Muy Interesante y menospreciando las revistas como Vanidades, logra volverse un ente de superioridad intelectual.
Aunque es innegable que nuestros hábitos definen en cierta manera el estilo de vida que tenemos así como también lo es que la gente cultivada no adquirió esa cualidad leyendo revistas de nula calidad literaria y crítica social como "Alarma" u "¡Óraleeee!" me parece un esfuerzo ilusorio alejarnos de ciertos hábitos que en apariencia demuestran poca capacidad intelectual de quienes los sostienen.
A mí me han criticado por creer en la reencarnación, en el tarot y en el karma, por suscribirme a la revista Cosmo y desde luego, por ver telenovelas, ya que eso 'no lo haría una mujer inteligente'.
Sin embargo yo pienso que la inteligencia no está definida en nuestros hábitos, creencias o dogmas. Pienso que el razonador no es más inteligente que el sensitivo, ni creo tampoco que quien prefiere ver cine comercial es menos inteligente que quien gusta de cine de arte. Simplemente, se trata de una inclinación.
Y si no es así, entonces habedlo dicho antes de freírme el cerebro comprando historietas de Archie.

viernes 16 de octubre de 2009

Viernes gay

Los viernes mi lesbiana interior sale a dar una vuelta.
Post por acá.

viernes 9 de octubre de 2009

Cuando el orgullo es el mejor recurso

Memo y yo soñábamos con el día que tuviéramos un empleo que nos remunerara lo suficiente para vivir solos y tener un bonito sofá-cama donde pudiéramos ver televisión mientras comemos palomitas de maíz contenidas en un bonito tazón decorado, mientras los recibos de pago se acumulan amablemente en la mesa más próxima, que seguramente sería tan económica que una de sus patas estaría nivelada con una corcholata de Sprite.

Sin embargo, nuestra representación onírica también consideraba los posibles finales funestos: que nuestro aún no obtenido empleo llegara a su fin, o que se presentaran dificultades de cualquier otra índole de modo que tuviéramos que considerar volver a la casa paterna.

Memo y yo decíamos que llegado ese día, preferiríamos comer piedras antes que declararnos derrotados y regresar solicitando refugio a la casa que nos vio salir en búsqueda de la independencia económica y moral.

Ambos días llegaron: el día en que, en teoría encontramos un empleo bien remunerado que nos animó a firmar un contrato de arrendamiento y el día en que ese empleo bien remunerado comenzó a retardar sus pagos de manera que mermó importantemente la recepción de todos los servicios contratados para nuestra digna subsistencia.

Él dice que el sabor de las piedras no es tan malo y yo digo que volver a adecuarse a una persona que determina desde la posición en que deberán ser colocados los saleros en la mesa hasta la manera en que la pasta dental debe ser apretada no figura dentro de mis planes.


Orgullo disfrazado de aguerrida motivación, es el móvil que nos impide regresar a la casa que nos vio crecer para después vernos salir. Ambos queremos aferrarnos a nuestra casa rentada y nuestros respectivos electrodomésticos fiados por Elektra hasta que nuestros acreedores nos obliguen a dejarlos.
Ambos sabemos que en nuestras respectivas casas paternas nos esperan con gusto y que aún hay una cama solitaria extrañando la tibieza de nuestros cuerpos cada noche. También sabemos que Bolívar no estaba errado al declarar que 'el arte de vencer se aprende de las derrotas' así como tampoco lo estuvo Borges al sugerir que el derrotado conoce mejor la dignidad que el triunfador.
Sin embargo, también sabemos que somos orgullosos, tercos y aferrados, y que vivir bajo nuestras propias normas -aunque ello represente que el contenido de nuestro refrigerador sea apenas un frasco de mostaza como dijo Darina- ha sido, después del cálido confort del vientre materno y sus pegajosos fluidos, lo más cómodo que hemos vivido.
Así que, Dios me perdone, el orgullo no es un pecado. Es un excelente incentivo que puede garantizarnos un mes más de renta, aunque ello signifique llenarnos el estómago de piedras.

sábado 3 de octubre de 2009

Suerte.

Hace poco, mi asesora de tesis me contaba de Tatis, su querida hija y excompañera mía de la preparatoria. Me decía que consiguió un trabajo que mensualmente le hace llegar un sueldo de cinco dígitos, y que además suele enviarla a capacitaciones constantes a Inglaterra.
"Qué suerte" le dije.
El color y la expresión que tomó su rostro me recordó a Stromboli, el personaje gordinflón que aparece en el cuento de Pinocho, animado por Walt Disney, pues mi brevísimo pero evidentemente ofensivo comentario pareció molestarla genuinamente. Tomó entonces un respiro para posteriormente vertir un larguísimo argumento que limpiara el nombre de su ahora agredida hija.
Me dijo que ella no ha corrido con suerte, sino que se ha esforzado mucho por tener lo que tiene. Que en ningún momento ha dejado sus decisiones bajo el dominio del azar y que si las personas exitosas debieran su éxito a la suerte, entonces éste no tendría ningún mérito. Finalizó su iracundo discurso con una frase de cajón de ésas que parecen instruir para la vida. Decía algo así como que uno no puede quedarse sentado esperando que la suerte y el destino nos hagan triunfar sin que nosotros aportemos nada.
Como temo mucho a las personas enojadas y más a los asesores enojados que se convierte en sinodales no dije nada más. Pero seguí pensando lo mismo.
Es cierto que cada cosa que quieres en la vida requiere un mínimo de esfuerzo. Es cierto también que uno no puede confiar en la buena suerte toda la vida. Pero también es cierto que la suerte, el azar, las casualidades y las circunstancias a veces obran de maneras extrañas que parecen cercarnos o facilitarnos impresionantemente un camino.
Me parecería aburridísima la vida si todo esfuerzo garantizara un éxito. Me parecería más aburrida si las cosas disfrutables de la existencia humana forzosamente tuvieran que ser obtenidas a través de un esfuerzo titánico. De ser así, placeres simples como beber una CocaCola heladísima en un sábado caluroso como éste o encontrar un billete de veinte pesos flotando en la lavadora perderían su calidad como hechos asombrosos o dignos de producir felicidad. Me parecería absurdo creer que la suerte no existe y que el hecho de que un entrevistador te elija a ti como ocupante de un puesto, obedece impunemente a tus capacidades, habilidades y méritos de tu historial laboral eliminando la posibilidad de que hayas podido obtener el trabajo porque tuviste la suerte de caerle mejor que el entrevistado anterior sólo porque leíste un libro que él también.
No, no es deseable ni agradable que los demás demeriten nuestros esfuerzos o logros atribuyéndoselos a la Diosa Fortuna. Tampoco doy por hecho que a la suerte le debemos todo y al esfuerzo nada.
Sin embargo pienso que muchas veces estamos en el lugar correcto y conocemos a la persona correcta. Que si hubiéramos cambiado de asiento de autobús o hubiéramos elegido a otra persona para pedirle prestada una pluma, no habríamos corrido con la suerte de conocerla. Pienso que si un día te encuentras una moneda en el pavimento que haga la diferencia entre llegar a casa caminando o en camión, se lo debes a la suerte y no al esfuerzo.
Y eso no tiene nada de malo.

jueves 24 de septiembre de 2009

Instructivos

Me gustan las cosas rápidas: Uno, dos, tres y ya quedó.

Por esa misma razón, las cosas armables me gustan rápidas. Me gustan los instructivos que tienen sólo tres pasos: Destapa, gira y presiona. O mejor aún, aquéllos cuyo tercer paso es meramente ilustrativo como por ejemplo los que se imprimen en las medianamente complejas envolturas de algunos ducles que dicen: Destapa, presiona y disfruta.

Soy alérgica a los instructivos con más de cuatro pasos. Culpo a mis papás de dicha incapacidad, pues debido a los años de mi infancia que me consintieron comprándome chocolates Kinder Sorpresa cuyo regalo contenido dentro de un oval anaranjado se podía armar en sólo tres pasos, me hicieron creer que los instructivos siempre serían tan sencillos como ésos y ahora soy incapaz de seguir un instructivo de otra naturaleza.
Ni siquiera puedo mantener la calma cuando el ensamble de una mesa de trabajo tiene más de tres pasos o cuando el instructivo de uso de un celular se asemeja a un libro por su grosor y no a un tríptico informativo.
Los instructivos me enfurecen. Más, si tienen ilustraciones porque me resulta indignante nunca poder encontrar "la pieza A, como se muestra en la imagen" que debe ser insertada en "la pieza B, como se muestra en la imagen". Jamás encuentro similitudes entre la ilustración y el artefacto a medio armar que tengo yo frente a mí. Siempre termino frustrada y a punto de berrear cuando eso ocurre.

Admiro a las personas que pueden seguir al pie de la letra un instructivo sin impacientarse en el intento. Anticipo que debido a ello, una de mis nuevas metas en la vida será 'seguir un instructivo de armado de principio a fin'.

Los instructivos son enemigos de la gente con prisa, la gente impaciente y la gente incapaz de seguir una indicación.

Hace unos días tenía que obtener un archivo vía electrónica del portal del SAT (y con ustedes, la queja fiscal del día). Para ello, ofrecen al usuario un comodísimo manual en youtube para que pueda tramitarlo sin problemas, y sin necesidad de llamarle a su contador. El video dura poco más de diez minutos y si lo completas adecuadamente, termina con un contribuyente feliz que ha obtenido un formato electrónico para presentar sus declaraciones por internet.

Yo, desde luego, me atasqué en el minuto número seis y tuve que llamar a mi contadora mientras los comentarios del video me humillaban pues mostraban frases como:"¡es facilísimo!", "qué bueno que el SAT hace este tipo de tutoriales", "todos podemos hacerlo", "ya tengo mi firma electrónica gracias a este instructivo en video", "hasta Sammy, el que sale en los programas de Eugenio Derbez puede hacerlo" y otros más.

Todos menos yo.

Declárome derrotada por los instructivos. No hay forma de que pueda seguirlos, entenderlos, aplicarlos. Es imposible.
Por ello, modificaré una etiqueta que suelo emplear para las entradas donde me quejo por no saber cómo funciona el mundo. La etiqueta se llama "la vida no traía instructivo". Ahora se llamará algo así como: "el instructivo que traía mi vida fue elaborado por el SAT" o "mi vida debería tener un instructivo como los de Kinder Sorpresa".

Creo que sería más adecuado.

sábado 19 de septiembre de 2009

24 bien cumplidos

Pues sí: Tengo 24 años desde ayer a las 3.25 de la mañana.
En el último mundial de futbol, tenía yo veinte años. Pensé que para Sudáfrica 2010 cuando tuviera veinticuatro, cantidad de años que me parecía exorbitante, mi vida habría dado un vuelco. Bueno, no fue así. Sigo siendo tan miedosa, inexperta y pobre como cuando tenía veinte e Italia ganó la copa del mundo.

Sin embargo, hoy me siento contenta, me siento satisfecha.

A mis veinticuatro les confieren más arrugas y más deudas, menos cabello y menos kilos (¡tener anemia es de lo mejor!), menos cuates y más amigos. A mis veinticuatro les pertenece una casa rentada cuyo alquiler es directamente proporcional al esfuerzo invertido en mi burocrático trabajo bienpagado que no paga, mismo que me hace sentir conforme cada vez que, a pesar de todo, logro pagarlo. Les pertenece un par de amistades bien sólidas. Les pertenece un hombre al que quiero y con el que quiero estar. Mis veinticuatro son propietarios de algunos nombres en mi agenda telefónica que se tomaron la molestia de enviar un mensajito festivo para acompañarme en mi regocijo cumpleañero, así como de unos cuantos contactos de la provincia feisbuqueana que me arrebataron una sonrisa con sus mensajes. Les pertenece una familia medio rota y descosida pero a la que quiero por sobre todas las cosas, incluida la CocaCola (y decir eso, es mucho). A mis veinticuatro les pertenezco yo.

Y hoy, -sólo por hoy, porque mañana ya me tendré derecho a querellar- agradezco estar donde estoy, con quien estoy y como estoy.
Agradezco lo que tengo, incluida mi terquedad y mi incongruencia, mi gato que come palomitas y que siempre está dispuesto a ronronear a mi lado para hacerme feliz, mi afición incontrolable por los crucigramas así como la mujer que me saluda frente al espejo y que cada vez me gusta más.

viernes 18 de septiembre de 2009

2x12=


viernes 11 de septiembre de 2009

Memoria

Siempre me he jactado de tener una memoria muy buena.
Los datos se adhieren a mí de tal modo que aún pasando los años resultan difíciles de desprender. Puedo confiar enteramente en mi memoria si quiero recordar un número telefónico sin anotarlo, si deseo agendar el cumpleaños de veinticinco personas sin usar papel ni lápiz, si quiero recordar el nombre de la persona que me atendió hace dos semanas vía telefónica o si quiero recordar el nombre de los dieciocho hijos de la señora que visité hace un mes. Más de una vez he pavoneado con el hecho de recordar mejor que el otro, episodios de su historia, de tal modo que con frecuencia escucho expresiones de sorpresa con respecto a mis poderes mágicos para conservar información confidencial a través de los años. Algo así como: "¡Yo ya no me acordaba de eso!" o "No creí que te acordaras de que mi segundo nombre es Emeterio".
Fascinante, sí. Útil no.
Por alguna extraña razón, no puedo recordar lo verdaderamente importante. Me resulta imposible. Es casi como querer resolver una ecuación matemática de aquéllas que hacían que el profesor llenara el verde pizarrón de números polvorientos. Lo he intentado miles de veces y el resultado es el mismo: Lo olvidé. Perdón, se me olvidó. No me acordé. Pensé que no lo olvidaría.
Mi jefa salió de emergencia a atender un asunto personal. Por teléfono me dijo que la autopista México-Puebla estaba saturadísima y que además le dolía un oído. Luego de ello, me pidió que me comunicara a Secretaría de Desarrollo Económico de otra ciudad para confirmar una reunión. Asentí amablemente y le desee un buen viaje.
Cuando colgué el auricular, recordé la neblina que inundaba la mencionada autopista el día que viajé a Veracruz. Recordé que me había dicho que le dolía un oído y recordé también, el nombre de las gotas que mi mamá usaba para mis constantes dolores de oído: Synalar Ótico.
Me felicité una vez más por mi buena memoria y pensé que el día que a mis hijos les duela un oído me evitaré la pena de consultar a un médico, porque recordaré el nombre de la medicina sin consultar a alguno.
Hoy me han dicho que debo poner atención en mis labores, que errores como éstos no están permitidos y que si la reunión resulta cancelada por falta de confirmación, será mi responsabilidad.
Siempre alardeé de mi gran memoria. Dije que era inmune a los post-its, que si empleaba un pizarrón blanco frente a mi escritorio era para organizar mis ideas, no para recordarme lo que debo hacer. Siempre dije que podía confiar en mi memoria y mi capacidad de síntesis.
Y hoy he recurrido a los favores de una libreta. Hoy he prometido que siempre que tome una llamada tendré lápiz y papel a la mano.
Hoy, mi memoria y yo hemos roto lazos amistosos para siempre.
De nada sirve recordar de cuánto fue la cuenta que pagaste hace tres meses en el super mercado si no puedes conservar tu título como 'eresmuyeficienteyestoymuyconformecontutrabajo' en tu empleo.
Para eso te quería, pinche memoria pitera.

miércoles 9 de septiembre de 2009

El hombre que yo amo

Los famosísimos "TQM" llegaron a mi vida cuando estaba yo en sexto año de primaria. Quedé fascinada con el nuevo y aparentemente exclusivo método de comunicación entre los especímenes de mi generación.
Más me encantó cuando entendí que también había variantes como "TQ" si el destinatario no era tan estimado, o "TQUCH" si por el contrario, la persona era muy apreciada. En aquel entonces, repartir tecuemes y tecuchés se volvió común. Se los hacía llegar a quien fuera: a la niña que me prestaba su sacapuntas y a mi mamá pegándoselos en el refrigerador.
Sin embargo, conforme uno crece, afortunadamente se vuelve más selectivo, discreto y sensato. Dejé de repartir mis someras pruebas de cariño a quien fuera y las guardé para aquéllos a quienes en realidad quería.
Los tecuemes se fueron y llegaron palabras más sinceras y sin abreviaturas, ocasionalmente lubricadas con algo de alcohol, muestras no verbales de genuino afecto, abrazos que estrujan el alma más que el cuerpo y acciones que generan bienestar para quien las recibe aunque representen un sacrificio para quien las lleva a cabo.
Sin embargo, a pesar de que suelo asegurarme de que la gente que quiero lo sepa, estoy segura de que él no tiene conocimiento de cuánto lo amo. A veces se vuelve muy difícil hacerle saber a otra persona cuánto la quieres. Más, si te ha quedadado claro que el papel de los hermanos mayores no es torturar a los menores como creías, sino sobrellevar casi cualquier situación en pro de su bienestar. Algo así como hacer ruido intencionalmente mientras los papás pelean en el cuarto contiguo o decirle al hermano menor que el raspón que tiene en la rodilla no es nada comparado con el que él se hizo hace tiempo.
Para los hermanos mayores no aplican las frases abreviadas ni los abrazos sinceros de una borrachera. Yo aprendí a querer, agradecer y admirar a mi hermano en silencio.
Por ello, como cobarde que soy, lo digo por aquí, porque sé que jamás tendrá acceso a esta línea:

Yo amo a mi hermano mayor.


Y a pesar de cumplir treinta años hoy, yo sé que conserva a su niño interior que de vez en vez me saluda sonriente. Y eso me encanta.
Felicidades, carnalito.
El hombre que yo amo tiene algo de niño...

jueves 3 de septiembre de 2009

Yoyo

El martes salí con una amiga de la preparatoria a tomar un café.

Debido a que teníamos poco menos de dos años sin vernos, pensé que nuestro reencuentro sería muy afortunado pues tendríamos mucho qué contarnos. Sin embargo, mis expectativas se diluyeron apenas transcurridos los tres primeros minutos de la cita.

Al comenzar el encuentro hizo dos preguntas: "¿Y ese saco?" y "¿Qué hiciste para bajar de peso?" Luego de las respuestas a ambas preguntas mi participación se limitó a pronunciar "ajá", "órale, qué chido" y "no, pues está difícil" repetidamente durante el resto de la cita.
Transcurrieron dos larguísimas horas sentadas al rededor de una mesa. La escuché hablar durante más de cien minutos continuos. Me contó casi cada uno de los 730 días aproximados que no nos vimos con detalles que giraban como magnetizados al rededor de su persona, única protagonista de su conversación.

El café era bueno, sin duda. Pero no lo suficiente como para compensar dos horas de una plática semejante a la homilía dominical. Noté lo ensimismada que se encontraba mi amiga, cuando contesté un mensaje de texto colocando el celular sobre la mesa y fijando la vista en él sin que ella notara siquiera que no le estaba prestando atención. Siguió hablando impunemente sobre su vida, sus viajes, sus amigos, su pareja, la esposa de su pareja, sus nuevos gustos musicales, sus andanzas etílicas, sus planes a corto, mediano, largo, larguísimo y extralargo plazo, y muchos otros tópicos referentes a sí misma.

Es un hecho que no se puede culpar a las personas por tener una vida afortunada y querer compartirla con el mundo. No puedo culpar a mi amiga por querer contarme cada uno de sus logros y sus autoalabanzas, sólo porque los míos en los últimos dos años han sido tan raquíticos como "ya casi termino mi tratamiento de ortodoncia y me están quedando unos dientes re-chu-los", "increíblemente y contra todo pronóstico terminé de pagarle a Santander sin ser privada de mi libertad","tuve que hacerle hoyos extras a todos mis cinturones porque ahora los pantalones se me caen" o "dejé Telcel por un trabajo mejor donde no me pagan".

Sin embargo, creo que por consideración todos deberíamos preguntarnos si la otra persona ha hablado tanto como nosotros, o si al menos, se lo hemos pedido. En caso de que nos resulte inimaginable el hecho de dedicar un poco de nuestro tiempo a escuchar a otra persona, entonces debemos refinar nuestras tácticas yoyeras para que resulten más graciosas y menos arrogantes. Y si esto no es posible, entonces todos los yoyeros del mundo deberían quedarse mudos para comunicarse a través de mímica y así corroborar que les siga resultando tan placentero hablar de sí mismos por horas.
Como sea, mi amiga se salva de la clasificación de yoyeros. Al final de la noche me preguntó: "¿Y cómo te la pasaste después de tanto tiempo de no verme?".

lunes 31 de agosto de 2009

Grandes traiciones del T9

La palabra "Tepic" y la palabra "verga" se escriben utilizando los mismos números del teclado alfanumérico de un celular (83742).
Así que cuando a alguien le deseen buen viaje a tierras nayaritas, asegúrense de haber escogido la palabra correcta.

lunes 24 de agosto de 2009

De mis incongruencias

Hoy que caminaba junto a Adolfo, pasamos frente a un templo y me persigné.
Observó en silencio mi reverencia para después preguntar por qué lo hacía. Él sabe que hace tiempo mi fe católica sufrió un importante declive y que ahora mi mayor actividad religiosa es decir "¡Ay, Dios!" cuando me machuco un dedo, gasto más dinero del que tengo o recuerdo que dejé inconclusa una tarea en la oficina. Sabe que ya ni siquiera estoy segura de que el Dios a mi manera en el que creía hasta hace poco, exista.
Sugirió entonces, incongruencia de mi parte.
Lo sé. Lo soy: Una incongruente y no sólo porque me persigne automáticamente frente a un templo.
De los Beatles, McCartney es mi favorito y sin embargo, mi canción preferida del cuarteto fue obra de Harrison. Siempre anticipo que no me casaré, pero cada vez que asisto a una boda me es inevitable imaginar cómo sería la mía. Me reconozco orgullosa defensora de los animales pero como carne todos los días. Me defino como una persona honesta, aun habiendo sobornado a un trabajador de CFE en una ocasión. Siempre que digo: "No quiero saber de ti" o "no me busques ya", en mi interior una vocecilla clama: "pero recuerda que tengo encendido el celular las veinticuatro horas". Me preocupa que se venda más la mercancía china en mi país que la nacional, y sin embargo nunca puedo resistirme a entrar a las tiendas cuyo lema es 'todo a tres pesos'.
Y claro: Siempre he dicho que soy incapaz de sostener una relación de pareja social, moral y psicológicamente sana y aceptable.
Sin embargo, este fin de semana me presentó como su novia.
Lo más incongruente de todo es que lo disfruté genuinamente.

martes 18 de agosto de 2009

De mis intentos por comprar zapatos sin perder la cordura en el intento

Quería unos zapatos. Fui al centro a comprarlos. Sin embargo, pasar al centro es pasar a Waldo's. Inevitable entrar a la tienda que promiscuamente se interpone en mi camino, seduciéndome para hacerme entrar hasta su entraña y asfixiarme entre múltiples carteles escritos con una cuidadosa caligrafía que anuncian las ofertas del día. Por esta razón, antes de llegar a la zapatería ya llevaba un par de bolsas grises pendiendo de mis brazos que contenían galletas, marcadores de colores y un pizarrón blanco de quince por treinta que desde la estantería prometió hacer más fácil mi vida de psicóloga seudo oficinista.

El calvario comenzó cuando al entrar a la zapatería y fijar mi vista a través del sucísimo vidrio que debería verse transparente, me encontré con unos zapatos rosados de tacón. Sabía que tenía que comprarme unos zapatos negros de piso, pero no pude sino salivar como perro pavloviano ante aquellos bonitos y altísimos zapatos rosas, con los que seguro no podría ni caminar diez metros, pero que valdrían la pena por tenerlos en mis pies por capricho puro. Pensé en cuántas cosas hacemos en la vida por capricho. Recordé aquellos zapatos amarillos míos cuyo tacón fungía como asesino silencioso en aceras y pavimentos imperfectos, pero con los que cierto hombre parecía enloquecer al verlos puestos en mis pies. Caprichos y complacencias. Si conociéramos la cifra exacta de cuántas cosas hacemos por capricho o complacencia ajena ¿estaríamos tranquilos con el resultado?

Sin embargo, en un acto de sensatez me abstuve de seguir idolatrando a aquellos zapatos rosados. No obstante, poco pareció importarles, pues con seguridad sabían que en poco tiempo estarían siendo idolatrados por alguien más. Quizá alguien con más suerte: Alguien acompañado de un novio complaciente o alguien con una tarjeta de crédito y no de débito en la cartera, que pudiera comprarlos y no sólo admirarlos. Pienso que debe ser muy halagador y reconfortante saber que donde quiera que nos situemos, encontraremos quién nos aprecie. Esa seguridad debería ser un derecho constitucional.

De espaldas al aparador busqué con la mirada a alguna dependienta que estuviera disponible para atenderme. No había reparado en que la tienda estaba llena de niños en calcetines debido al próximo regreso a clases. Siempre he creído que el regreso a clases es un desfalco para los papás peor que los reyes magos o el magistral Santa Claus. Sin embargo, aborrezco el regreso a clases porque que además de que provoca que los padres gasten un dineral en artilugios requeridos para enviar a sus vástagos de vuelta al colegio, ocasiona que las zapaterías se llenen de gente, las dependientas enloquezcan y las mujeres que sólo queremos un par de zapatillas perdamos los estribos al intentar llamar la atención de las ya mencionadas dependientas, pues la idea de encontrar a una disponible se vuelve casi utópica. Ya ni hablar sobre una dependienta amable. Aun así, tuve tiempo para recordar con gusto lo bien que se sentía cuando mis papás avisaban que el día de comprar zapatos había llegado. Por fortuna uno crece y esos placeres puede costearlos uno mismo.

Sin embargo, como no hay mayor placer que tragarnos nuestras propias palabras encontré a una dependienta cuya expresión en la cara, a diferencia de las de sus compañeras, no parecía ser la de una mujer atrapada en un noveno piso durante un incendio. Al contario: Sonreía amablemente. Así que le pedí que me mostrara los zapatos en talla cinco. Anotó en su libretita un par de datos con la misma destreza que un taquero que anota varitas semirrígidas que serán catafixiadas por tacos y quesadillas más delante. Siempre he pensado que si un día logro viajar a otro país, o en su defecto termino exiliada como Porfirio Díaz o vendida como esclava a una nación nórdica, lo que más extrañaría de mi tierra serían los tacos.

Abandonando el asunto de los tacos, la amable dependienta me hizo entrega de mi zapato en talla cuatro y medio, anunciando que no había en existencia talla cinco. Me lo probé en el piso, desafiando la primera ley de cualquier zapatería: "Pise sobre la alfombra, por favor". Amarré la correa al rededor de mi tobillo, sin poder evitar agradecer mentalmente a mi abuela paterna por haberme heredado unos tobillos gruesos que a consideración de ambas, resultan muy bonitos. Caminé un poco con el zapato escuchando complacida el 'clac, clac' que producía al hacer contacto con el suelo. Cuando era niña me parecía encantador que los zapatos hicieran ruido al caminar. Pensé que quizá no sería tan malo usar un zapato medio número más chico de lo que necesito. Mi dedo gordo protestó un poco, pero no me pareció tan prominente como para sentirme avergonzada por la futura adquisición que estaba a punto de hacer. Una adquisición más para sumarse a la lista de cosas hechas por capricho. Comprar unos zapatos que no te acomodan pero que se te ven muy bien, no puede ser otra cosa más que capricho.

Busqué a la dependienta amable y distraída para hacerle señas con la mano e indicarle que me llevaría los zapatos. Gracias a Dios que los humanos nos podemos entender con gestos, manipulaciones faciales o expresiones manuales, porque de otra manera habría tenido que gritarle: "¡Síiiiii, me los das por favoooooooor!" desde mi lugar. Jamás he sido buena para eso. Más de una vez he terminado bajándome del autobús público tres o cuatro cuadras después de mi destino sólo porque me incomoda mucho gritar: "¡Bajan!" desde el fondo del autobús.

La amable dependienta me indicó entonces, también con señas que debía pasar a caja a pagar mis zapatos. Mis zapatos que evidentemente aún no eran míos. En la caja ya me espera una fila de cuatro personas. Me formé tras ellos esperando que la fila avanzara rápidamente porque de lo contrario, podría ser capaz de abortar la misión de convertirme en la feliz portadora de un nuevo par de zapatos. Puedo soportar empleados descorteses o incompetentes, precios altos, u otras desavenencias pero mis caprichos no son inmunes a las filas largas.
Sin embargo, Dios me sonrió desde lo alto haciendo que la fila avanzara pronto. De este modo, llegué al mostrador, pagué por mis zapatos y me los entregaron.

Apenas recién salida de la zapatería me felicité sinceramente por haber culminado con éxito la operación. Y no es para menos: La simple compra de un producto se ha vuelto para mí un verdadero laberinto mental que da por resultado una lucha contra mis insensatos y despilfarradores deseos, una breve introspección con tintes de glotonería, un constante recuerdo de la infancia que se fue y no volverá, el inexorable recordatorio de mis deudas así como el de mis incapacidades y mis debilidades, y por último, un post larguísimo -el más largo escrito mi vida- y estéril como la misma intención de comprar zapatos a lo tarugo.
Para Blanche: Ahí tienes, muñeca. Tu curiosidad ha sido satisfecha.